El hombre que amaba el cine
He oído hablar de personas que pasan días y días sin sexo, y, mi pregunta, es: ¿cómo pueden aguantar sin volverse locos? Aunque tal vez lo estén ya, pues parece no preocuparles demasiado esa falta de actividad sexual.
A mí me resultaría imposible soportarlo, y, afortunadamente, no tengo que hacerlo: las mujeres han desfilado sin interrupción por mi vida (y por mi cama), durante los últimos 20 años. Yo no diría que me resulta fácil ligar, o que se me dan bien las mujeres. Evidentemente todo eso es cierto, claro, pero hay algo más; en realidad es como si, de alguna manera, las mujeres vinieran a mí.
Pero aunque contemplándome ahora resulte casi imposible de creer, esto no siempre fue así. La adolescencia fue dura, y tuve que desarrollar un afinado e ingenioso sentido del humor como arma de seducción, y compensar así un atractivo físico que, aunque latente, aún no se había manifestado en toda su magnitud. Después, cuando mi carga genética se impuso, y finalmente desplegó todo su potencial, un físico superior se conjugó con una mente brillante para convertirme en ese admirable espécimen que soy hoy en día.
A las mujeres les atrae mi aspecto, claro está, pero me sigue gustando utilizar mi ingenio para seducirlas y hacerlas reír. Para mí pocas cosas hay tan sexys como una mujer que, tras escuchar una de mis ocurrencias, se ríe a carcajadas mientras sacude la cabeza diciendo "Qué idiota eres...", a la vez que se arrodilla y me desabrocha los pantalones dispuesta a chupármela.
Como decía aquel periodista deportivo "La vida puede ser maravillosa" (aunque, a juzgar por cómo acabaron las cosas para él, resulta evidente que no hablaba desde la propia experiencia).
Pero no estoy aquí para hablar de mí mismo. Podría, claro, y resultaría sin duda interesante, ya que podría tratar de enseñar a los hombres, por ejemplo, que el secreto para llevarse a una mujer a la cama consiste, en muchas ocasiones, en algo tan simple como mirarlas de la forma adecuada. Pero mi esfuerzo sería inútil: de sobra sé por experiencia que los hombres en general prefieren pensar de mí que soy un fantasma y un fanfarrón, y evitar así tener que aceptar lo patético de sus propias existencias (las mujeres, por su parte, me desprecian en público, pero fantasean conmigo en la intimidad, mientras se preparan un baño con perlas de aceite, y hacen tiempo colocando en los bordes de la bañera trescientas velas de Ikea, y un patito de goma vibrador de Ann Summers).
Cómo digo, sé perfectamente que los perdedores se sienten mejor leyendo historias de perdedores para no sentirse así inferiores, y, por lo tanto, voy a hablaros de Evaristo.
Aquella noche, Evaristo, a sus 35 años, pensaba "Cómo pasa el tiempo...". Le parecía que había sido ayer cuando había perdido la virginidad, y ya habían transcurrido casi dos meses. Había necesitado todo ese tiempo para ahorrar el dinero suficiente para volver a visitar a Tania, su primera y única amante hasta la fecha.
Mientras pensaba en la fugacidad del tiempo, y vestido únicamente con un raído bóxer de los Transformers, observaba cómo la prostituta se desabrochaba su liguero. Cuatro minutos y treinta segundos después, ya en la cima del éxtasis, y ante el inminente orgasmo, Evaristo bramaba:
- ¡Te quiero! ¡Te quiero!
- ¡Deja de berrear y córrete de una puta vez, puto tarado! -le respondió Tania.
Evaristo era un tipo patético.
Había sido un hijo de los ochenta, pero no su hijo predilecto precisamente. No un primogénito de esos a los que se les rodean los hombros con el brazo y, señalando un vasto imperio, se les promete "Algún día, hijo mío, todo esto será tuyo". Tampoco había sido como esos hijos pequeños, traviesos pero cariñosos, torpes pero simpáticos, decepcionante a veces pero conmovedoras otras, difíciles pero, en definitiva, encantadores. Había sido un hijo de los ochenta, sí, pero más bien del tipo de hijo que se dejan olvidados en una gasolinera en el viaje de regreso de las vacaciones.
Había desperdiciado la década intentando, sin éxito, adaptar el estilo Sonny Crockett a su complicada anatomía; grabando cintas de cassette con temas románticos para compañeras de estudios que, inevitablemente, pasaban de él; cargando juegos en el Spectrum; midiéndose el pene; ajustando el tracking de su reproductor de VHS para intentar ver con un mínimo de calidad las películas pirata que alquilaba por contendores; escribiendo un diario patético y autocomplaciente; comprobando como, una vez más, otra caja de condones volvía a caducar sin haber sido estrenada siquiera... en definitiva, se había pasado la década enamorándose perdidamente de cualquier humano portador del gen doble X que se cruzaba en su camino, y compadeciéndose de sí mismo ante la indiferencia que despertaba en dichas criaturas.
Pero era en el cine donde más tiempo había pasado durante aquellos años. En la oscuridad de las salas ya no se veía sometido a las miradas, generalmente desaprobatorias, de los demás. Allí era él quien observaba sin ser visto, y podía transmutarse en los protagonistas de las sagas de Spielberg o Lucas, identificarse con esos adolescentes que sufrían por amores imposibles que poblaban las primeras obras de John Hugues, o gozar con romances con finales dramáticos, como el narrado en Impacto, de Brian de Palma.
-¿Por qué la vida no puede ser como las películas? -se preguntaba una y otra vez.
A finales de aquella década, y principios de la siguiente, intentó explotar las noches de los fines de semana para intentar ligar. Ante la carencia de auténticos amigos, se auto-invitaba a salir con cualquier conocido, y, a fuerza de ingerir alcohol para vencer su ineptitud, trataba de "contactar" con mujeres, con lastimosos resultados. Como resultado de sus salidas nocturnas, llegaba a casa al amanecer completamente borracho, para pasar todo el día durmiendo. Aquello desesperaba a su madre, pero su padre, como hombre, lo entendía perfectamente: los feos tienen que salir hasta tarde si quieren comerse algo.
Yo, por ejemplo, puedo dejar mi casa a las once, llegar a la disco a y media, chasquear los dedos y, veinte minutos después, estar follando con una tía impresionante. Para los feos (y las feas), las cosas no funcionan exactamente así. Ellos tienen que esperar a que la noche haya avanzado y a que la gente se encuentre lo suficientemente borracha como para que les dé igual enrollarse con casi cualquiera.
Pero, en el caso de Evaristo, la noche no tenía suficientes horas, ni existía suficiente alcohol en el mundo como para que ni la mujer menos escrupulosa pudiera emborracharse lo suficiente como para ser capaz de liarse con él.
Así, esta especie de Ignatius Reilly, llegó a los noventa convertido en un inadaptado social, en un tarado emocional, y en un inútil profesional. Había abandonado ya toda esperanza en el terreno femenino, salvo esporádicos, y no del todo satisfactorios, episodios con profesionales, como el compartido con Tania, y se había volcado exclusivamente en el cine, único terreno en el que se mostraba competente y seguro. Era tal su especialización, que le bastaba con ver un sólo fotograma de una película para acertar el título. Era casi un mago para el cine, pero un desastre para cualquier otra cosa.
Afortunadamente, un conocido de su padre dirigía un pequeño periódico local, y le consiguió un modesto trabajo como crítico cinematográfico, empleo que le permitía costearse sus gastos mientras seguía viviendo en casa de sus padres.
Y así fue tirando una temporada.
Una noche, en un bar, conoció a una chica que, paradójicamente teniendo en cuenta su aspecto, se llamaba Linda. De alguna forma ella se convenció de que Evaristo, gracias a su trabajo, se relacionaba con actores y personajes famosos, lo que le resultó sumamente emocionante, y salieron juntos en varias ocasiones.
En la segunda cita él le soltó "Eres lo mejor que me ha pasado en la vida", frase que había deseado pronunciar desde que escuchó como Michael Douglas se la decía a Kathleen Turner en Tras el corazón verde.
Una noche ella le invitó a su casa a comer una pizza. En la tele ponían Superman II y, mientras él glosaba las virtudes del film (uno de sus favoritos), ella le desnudó. Hicieron el amor con bastante torpeza. Mientras montaba a Evaristo, Linda imaginaba que aquel polvo le aseguraba una invitación, cuando menos, a la entrega de los Goya. Él, mirando por encima del oscilante hombro de la chica, se esforzaba por no perderse ninguna de las andanzas del hombre de acero. Evaristo se corrió en el momento en que Superman, tras recuperar sus poderes, aparece en la ventana del Daily Planet, para enfrentarse al General Zod y sus secuaces ("General, ¿le importaría salir aquí fuera?")
Aquello fue excesivo, incluso para un espécimen como Linda, y jamás volvió a aceptar quedar con él.
Destrozado al haber perdido a la que él creía la mujer de su vida, Evaristo se hundió aún más en el pozo en el que ya habitaba.
-¿Por qué la vida no puede ser como las películas? -continuaba preguntándose.
Se refugió en el cine con más intensidad. Películas en el trabajo, y películas en su tiempo libre. Incluso, cuando volvía a casa en coche por las noches, se dedicaba a practicar uno de sus juegos favoritos: adivinar las películas que iban viendo los pasajeros de los autobuses que adelantaba por la autopista. La tarea era complicada, porque los monitores eran pequeños. De modo que a veces adelantaba al bus y, si no adivinaba el título, frenaba hasta que el bus le adelantaba él, y así una y otra vez, hasta que daba con el título.
Los conductores le odiaban, claro, pero él siempre acababa acertando.
Pero, una noche, la tarea se complicó: la fina lluvia que caía dificultaba ver con nitidez el monitor del autobús, consiguiendo desesperarle. Su nerviosismo colaboró con una carretera deslizante, dirigiéndolo directamente a la cuneta, donde dio varias vueltas de campana. Fue ése el único momento en la vida de Evaristo en el que deseó que las cosas no fueran como en el cine, y que su coche no explotase con la misma facilidad con la que lo hacen los automóviles en las películas. Pero, cruelmente, la vida decidió elegir precisamente ese instante para imitar al arte.
Durante los segundos previos a la explosión, toda la vida de Evaristo pasó ante sus ojos, lo cual hizo que el momento resultará aún más dramático y angustioso.
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